La crisis del Covid-19 ha parado el funcionamiento de las empresas, y la actividad económica en todo el mundo.

El mundo empresarial lleva mucho tiempo apoyando la teoría de que la eficiencia cuenta por encima de todo. Pero tal vez en la era COVID-19, y mientras nos preparamos para cuando se haya acabado esta pesadilla, es hora de replantear las cosas.

En la sociedad moderna, el destino al que hemos intentado llegar durante décadas es un lugar donde los negocios se desarrollan de manera sostenible y contribuyen a un mundo equilibrado a nivel social, económico y medioambiental.

La situación en la que nos encontramos es una pandemia mundial con medio millón de muertos en el mundo, muchas empresas en quiebra debido a la crisis del COVID-19.

Hay una gran caída de la economía que tendrá un fuerte impacto en las empresas y en los hogares del mundo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

No sabemos como hemos llegado hasta aquí y como vamos a volver a estar como antes. Se esperan años duros ante esta crisis del COVID-19 , que va a acarrear muchos problemas.

Durante las últimas décadas, hemos dedicado nuestros esfuerzos colectivos a lograr un aumento del PIB a nivel nacional, con especial insistencia en el incremento de los ingresos y la rentabilidad a nivel de empresa, al mismo tiempo que hemos creado un conjunto de instituciones mundiales y nacionales que trabajan de una manera más o menos coordinada para que esto resulte posible.

Como sociedad, creímos que centrar nuestros esfuerzos en el crecimiento en todos los ámbitos aumentaría los ingresos disponibles per cápita y resolvería nuestros problemas sociales. Lo único que teníamos que hacer era llegar hasta ese punto de la manera más eficiente posible.

La sociedad pensaba que esforzarse en el crecimiento aumentaría los ingresos y resolvería problemas sociales.

Hemos pecado de optimistas

Esto supuso un esfuerzo conjunto para reducir la falta de eficiencia, crear estructuras más ágiles, subcontratar y expandir nuestras cadenas de suministro globales, estandarizar, automatizar y replicar. Sin embargo, dentro de este enfoque hacia la eficiencia, hemos pecado de ser demasiado optimistas, rechazando la posibilidad de considerar escenarios alternativos.

Inocentemente dimos por sentado que, a pesar de las crisis financieras y las epidemias, el escenario de un patrón de crecimiento general en todo el mundo era el santo grial. Por tanto, no tenía sentido contemplar otras opciones, y lo que es peor, invertir recursos en estar bien preparados.

El problema de la crisis del COVID-19 es el siguiente: exaltar la eficiencia ha contribuido en gran medida a la crisis sanitaria a la que nos enfrentamos hoy en día. Estamos presenciando cómo algunos de los países más avanzados del mundo tienen dificultades para fabricar productos de bajo nivel tecnológico, como las mascarillas, porque resultaba más barato importarlos.

En su afán de alcanzar la eficiencia, los estados hicieron caso omiso del inmenso valor que suponía disponer de capacidades esenciales por si fueran necesarias o, por el contrario, el enorme coste que suponía no disponer de ellas.

Esta crisis de COVID-19 nos ha pillado desprevenidos por lo que no estábamos bien preparados, la falta de médicos y materiales de medicina ha sido uno de los graves problemas. La capacidad disponible en los hospitales era cada vez menor hasta tener que adaptar otros lugares para poder atender a los enfermos.

Los costes de la atención sanitaria era cada vez más altos, no había recursos, aumentaba la eficiencia pero nos olvidamos de la eficacia.

 

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